Vampiros en el espacio
Es el siglo XIX. Un viajero, hombre medianamente joven, y su novia llegan a un pueblo entre las montañas de Transilvania. En el lugar hay consternación por una serie de desapariciones y los aldeanos al principio desconfían de él, aunque consigue alojar en una hostería y pronto se hace de amigos. Recibe entonces una invitación para visitar al señor de ese pueblo: el conde Drácula. Los aldeanos, sin decirle claramente, cuentan historias extrañas de sangre y de muerte. No quieren que vaya al castillo, pero él se ríe de esto; va y lleva a su novia.
Poco a poco, el viajero se va dando cuenta de que su novia está enamorada del conde, quien la visita. Furioso por esta situación, parte cierta mañana al castillo a discutir con el conde. Un criado le dice que el conde volverá en la noche, que ha salido. Creyendo que se ha ido a encontrar con su novia, el viajero vuelve al pueblo y la encuentra débil, muy enferma... en el cuello tiene dos pequeños agujeros.
Ayudado por los aldeanos, decide matar a Drácula. Aunque un vampiro ya está muerto: la única manera de cesar su existencia es desintegrarlo clavándole una estaca en el corazón o exponiéndolo a la luz del día, porque un vampiro es un ser de las tinieblas.
Lo que cuentan en Transilvania, donde está ese castillo, se parece más a la vida real: el vampiro mata al viajero, le bebe la sangre, y va a buscar a la muchacha. Pero ésta, al comprender que ama a un enemigo de Dios, se ha suicidado. Y el vampiro sigue maldito: nunca encontrará la luz, nunca encontrará el amor. Para siempre deberá seguir en las tinieblas...
En el año 2.500, los vampiros, esos seres que huyen de la luz y que duermen en ataúdes, encontraron un sistema de planetas llamado Oxal, en que no hay sol, sólo siete lunas, y hacia allá se dirigieron familias y familias de esta sanguinaria especie. Pero encontraron un problema: la comida. Para beber sangre, organizaron un sistema de granjas tomando prisioneros a cientos de humanos, y con jeringas –poco a poco- les iban sacando sangre, evitando que murieran y manteniéndolos siempre débiles.
Cierta vez, los vampiros capturaron a un gran grupo de viajeros que habían aterrizado en el planeta. Estos, a diferencia de los prisioneros que ellos tenían, no se debilitaban y, el día en que brillaban las siete lunas llenas, adquirieron una fuerza tremenda. Rompieron las murallas donde estaban encerrados y salieron: eran hombres-lobo. Enemigos. Otra raza de malditos. Los hombres lobo lograron escapar y llevaron a sus semejantes la noticia. Se había cumplido el eterno anhelo de los licántropos: encontraron un lugar en el que hay siete lunas y, por tanto, muchas noches de luna llena, incluso una noche en que las siete lunas están plenas y, como es lógico, los hombres lobo son más poderosos que nunca. Por esto mismo, decidieron apoderarse del planeta, atacando por sorpresa en la noche de lunas llenas. Pero los vampiros son inteligentes; esperan el ataque con toda clase de armas que disparan balas de plata. Llegó la noche y comenzó el ataque: desde sus naves espaciales los hombres-lobo descienden y son emboscados por los vampiros. Mueren los jefes de ambos bandos, mueren sus principales guerreros. Las lunas llenas comienzan a cambiar: han girado y algunas están en menguante, otras se han ido. Los hombres lobo se están debilitando. Y ante la masacre unos pocos sobrevivientes vuelven a abordar sus naves y logran huir.
Aunque los daños son muchos, los vampiros comienzan a reorganizarse. Han ganado dos luchas milenarias: ya no los molestarán los hombres-lobo, por una parte, y –por otra- en Oxal ya no hará falta dormir en ataúd ni huir de la luz.