miércoles, 3 de diciembre de 2008

Leyenda del Yeti



"MIENTRAS IBA CAMINANDO ENTRE ENEBROS cenicientos, oí de repente un rumor insólito, una especie de silbido que se asemejaba al grito de alerta de las gamuzas. Miré a mi alrededor y capté con el rabillo del ojo derecho la silueta de un bípedo que huía entre los árboles, en dirección al borde del claro, donde una tupida maleza de arbustos enanos recubría el pie de la pendiente. Sin hacer ruido y doblada hacia delante, la criatura seguía corriendo, se eclipsaba detrás de un árbol para volver a aparecer como un monstruo, con el resplandor de la luna a la espalda. Fue entonces cuando giró la cabeza hacia mí y permaneció inmóvil por un instante. Volví a oír aquel furioso bufido y, durante una fracción de segundo, pude ver su rostro: vi ojos y dientes, pero apenas logré distinguir forma o color. La cara no era más que una sombra gris y el cuerpo una silueta oscura, y así, amenazante, se erguía ante mí aquella figura. Era completamente peluda, tenía dos patas cortas y brazos fuertes que le caían casi hasta las rodillas. Calculé que mediría más de dos metros de altura. Aquel cuerpo parecía pesar mucho más que un hombre de idéntica estatura, pero se acercaba a la linde de los arbustos enanos a paso tan ligero y vigoroso que me causó tanto pánico como alivio. Así narra su encuentro con el yeti Reinhold Messner, el hombre a quien muchos consideran como el alpinista más importante de la historia, que ha dedicado los últimos 12 años a la búsqueda del yeti. Tras consagrar su existencia a la conquista de las cumbres, este tirolés se ha empeñado en perseguir una leyenda nacida en las faldas del Himalaya y que se extiende desde Pakistán a Bután y del Hindukush a Siberia, intrigando cuanto menos a un tercio de la población humana.
Hace tiempo que Messner ya no escala montañas. Desde 1986, cuando logró la ascensión del último ochomil que le faltaba para su colección, convirtiéndose de paso en el primer hombre en haber subido a las 14 montañas más altas de la Tierra. A partir de aquel momento, el tirolés se retiró de la vanguardia del alpinismo. Alejado de las cumbres no ha podido, sin embargo, sustraerse al irresistible atractivo de los últimos lugares vírgenes del planeta. Así ha recorrido la Antártida, el Ártico, desiertos como el de Takla Makán y, por supuesto, el Himalaya.
"Esta vez no había viajado al Tíbet para escalar una montaña" -señala Messner-, "sino para seguir el camino que había tomado el pueblo de los sherpas en su huida de la región de Dege a la zona de Khumbu". Se refiere al éxodo emprendido hace un siglo por esta etnia a través del Himalaya y que supuso el más importante trasvase de tradiciones en la moderna historia de aquella parte de Asia.
LA LEYENDA
Pero buscando la historia en el dédalo de valles y montañas del Tíbet oriental, Messner se pierde, dándose de bruces con la leyenda: "Por fin encontré huellas humanas y el camino que durante tanto tiempo había buscado. Lo seguí sin pensarlo dos veces. Impulsado por esta determinación y pisando ahora terreno seguro subí hacia Chagu, que me imaginaba que sería el próximo pueblo. Ascender era ahora un verdadero placer, que aumentaba cada vez que aspiraba el aire y, al expulsarlo, producía una erupción sonora y profunda. Y entonces algo grande y oscuro, sigiloso como un fantasma, se metió en un hueco que había entre la maleza de rododendros, detrás de la cual, a unos 30 pasos, se perdía el subidero... Me quedé parado. Con la respiración contenida seguía a aquella masa oscura que desbarraba tras una cortina de hojas y ramajes. ¿Qué significaba esa agitación entre las ramas y el monte bajo? ¿Quién o qué trotaba por ese bosque, solo y al amparo del crepúsculo? Esperé oír algún resuello o aliento, pero no hubo nada; todo siguió en silencio, sin rodar de piedras ni crujido de ramas. En la grisalla del fondo del bosque aún me pareció percibir unos pasos en carrera, suaves y ligeros; después ya no oí nada".
ENIGMA RESUELTO
En la primavera de 1997 Messner marcha de nuevo al Tíbet oriental. Allí descubre unas criaturas que identifica con el yeti. "El enigma del `hombre de las nieves' quedaba para mí resuelto. El jemo, de quien los nativos de esta región hablaban de forma tan natural como si se tratara de un conocido, correspondía exactamente a la descripción que los sherpas daban del yeti: podía ser tanto oscuro como claro, era por lo general un ser solitario y nocturno. Andaba sobre dos patas, casi tan erguido como un hombre, y a menudo se agachaba para desenterrar algo. Sus excrementos eran similares a los del hombre, aunque estaban mezclados con huesos finamente triturados y pelos de pequeños roedores. Se trataba sin duda de animales esquivos e inteligentes...". En ese viaje, Messner visita Sosar-Gompa, un monasterio destruido por los chinos y vuelto a levantar por los monjes. Allí se encuentra cara a cara con una de esas míticas criaturas. "¡Por fin tenía las pruebas! "Yeti. Leyenda y realidad". Reinhold Messner. Editorial Desnivel, Madrid 1999.

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